El horizonte
La clave está mas arriba de la altura de los ojos.
A veces un golpe certero es la mejor manera de descubrir cómo hemos olvidado mirar más arriba y más lejos. No hemos llegado a desaparecer, simplemente hemos ido encogiendo los hombros, la espalda, el gesto y se nos han bajado los ojos. Hemos ido mirando cada vez más abajo y no hemos sido capaces de detectarlo entre la velocidad, la supervivencia y el anhelo.
De pronto un golpe casi nos hace caer, caemos, pero reaccionamos doblando el cuello para atrás y ¡oh! el cielo. Las nubes. La profundidad.
Arriba, de pronto miramos arriba de nuevo, se nos estira el cuello, los párpados, la piel: descubrimos de nuevo el horizonte.
Ya solo es cuestión de tiempo el cambio. La mirada ha despertado, y no hay forma de cegarla. La ostia ha sido tan fuerte que marea, el movimiento que produce es enorme. Sin embargo, desencadena la lucidez: la mirada propia, el horizonte propio, el hambre colocada. Porque todo hambre debe buscar su alimento..
Es lo que tiene el hambre: es la palanca para la subsistencia, para el cambio, para el riesgo.
Del mismo modo que el miedo te salva la vida.
Pero de eso, ya comentamos otro día.

