From scratch
Generosidad, miserias y saber irse.
Generosidad no es dar lo que sobra. Dar lo que sobra es descargarte. Generosidad implica compartir, dar no tiene porque implicar compartir. Generosidad en la justa medida, en el equilibrio. No al exceso apabullante que obnubila. Generosidad precisa, elegida. La generosidad no depende de cuanto haya nunca.
Ante el recelo, abrir. Ante la duda, sostener. Ante la desconfianza, poco podemos hacer. Frente a la desconfianza nada que uno diga vale a quien cuestiona. Realmente nada sirve. Lo argumentado carece de fiabilidad y de consistencia, cuando no es directamente mentira para quien nos observa.
Y desde el otro lado, ¿que hacer? ¿Ante la acusación del doble juego? Porque incluso si las pruebas van a favor y se evidencia que la acusación no tiene sentido, ¿de verdad no ha cambiado nada? La situación modifica la perspectiva de ambas partes siempre: tanto de quien acusa com de quien es cuestionado.
Quien miente no puede pensar que los demás no lo hacen. Para quien duda, la certeza supone un esfuerzo. ¿Suena tajante? Es tajante. Veo imposible que alguien que no cree, crea consistentemente. ¿Suena decepcionado? Suena asombrado. Me gusta pensar que marcamos una diferencia si,. ¿Esta implícito en mis palabras que las personas no cambian? ¡auch! Gran pregunta con grandes respuestas. No lo sé. No tengo la menor idea con certeza la verdad. Quien cambia lleva a cuestas su cambio, mientras que la transformación que nace de recuperar o desplegar la propia naturaleza no pesa. Quien sana, cambia. Pero sanar implica buscar y reconocer la herida. Sanar es un proceso, no un instante. No es cómodo, cansa. Pero quien sana, cambia si: cambia.
Quien hemos sido, quien somos, influye de manera determinante en como miramos a las otras, a los otros. Y cuanto mejor has sido, y cuanto mejor te ha tratado la vida, mejor miras a los demás. Bondad llama a bondad, luz llama a luz. Miseria llama a miseria.
Miseria llama a miseria. Porque se hace tal esfuerzo para defenderse de ella que solo queda energía para sobrevivir. Hace unos días yo decía esto mientras me movía de puntillas por una casa de playa con tazas desportilladas sin asa y flores secas cubiertas de polvo, del salón a la cocina. Los colores estaban machacados allí, no había forma de que les saliera resplandor. Nos defendimos un par de días y salimos de un salto. No volveré nunca mas. Lo juro.
La mejor manera de que algo pase es sintiendo fuerte que está sucediendo. Nada de obviar, disimular, susurrar. Si a reconocer, escudriñar, agarrar. Si sacas lo que hay debajo de la alfombra limpias el aire, y de paso, el alma. Das paz a lo que respiras y a lo que imaginas. Y nada hay más necesario que una imaginación liberada de cualquier atadura, sea del tipo que sea. Entregamos la imaginación cuando amamos y cuando dejamos de amar hay que recuperarla. No lo restrinjo al amor romántico por favor, dejemos el reduccionismo; estoy hablando de amar, en grande. Cuando dejamos de amar hay que recuperar toda la imaginación. Hay que recuperar todo el lenguaje. Y exigir el espacio vacío: el derecho al olvido.
Esto no es un esfuerzo, esto es algo esencial. Y como amar implica entrega o por lo menos cierta entrega, ojo a los avisos del cuerpo. Si ante la posibilidad del abandono, del vacío, hay una respiración aliviada, no la obviemos. Partamos, movámonos, demos prueba de estar vivas. Porque llegar y apostar, lo podemos hacer en cualquier ilusión. Pero quedarnos no hermana. Quedarnos no.

